Y no super qué hacer, pensé que lloraría, pensé que gritaría, pensaría que me desmayaría, pensaría que me defendería con todo lo que tenía a mi alcance, que me resistiría... No hice nada, me quedé inerte, paralizada.
Pensé que sentiría asco, miedo, rabia... No sentí nada.
Era como si fuera solo un caparazón vacío .
Al principio escuchaba su respiración agitada y entrecortada y su aliento a licor acumulado de mucho tiempo, ese olor característico que también sale por los poros porque desde hace mucho lo que corre por las venas y lo que se suda es licor.
Sus manos eran grandes y ásperas, era muy delgado, podría ver claramente los huesos del esternón, las clavículas muy marcadas, los huesos de los pómulos le daban un aspecto calavérico , aún así sentía que el peso de su cuerpo aplastaba el mío y lo inmovilizaba.
Todo terminó en unos 10 minutos pero en esos 10 minutos recordé a Sandra qué me contó que vivió la misma experiencia desde los 8 a los 13 años, en su casa, cada noche, un día su hermano, otro su primo, otro su padre...
Recordé a Miriam, que me contó que vivió una experiencia similar a los 17 con su entrenador de voleibol, quién le arrebató los sueños, la ilusión de un futuro diferente, la confianza, la vida...
Pensé en América, que me contó que tuvo la valentía de huir de su casa y llevarse a su hermanita para salir de aquel infierno, encontró refugio en una iglesia pero al poco tiempo el demonio las encontró de nuevo, a través de los ojos del pastor, y entendió que el infierno no era un lugar, el infierno habitaba en ella y la acompañaría a donde fuera que fuese.
Pensé en Carolina, Sabrina, Carla, Julia, Sofía, Ester, Mari... En cada mujer que he conocido, de todas las edades; no he conocido aún a una sola mujer que no haya experimentado algún tipo de experiencia similar y ninguna supo qué hacer porque nunca debió pasar.
Pensé en el hombre que ofreció montarme en su carro y chuparme los senos apenas saliendo cuando yo tenía 12 años, en todos los que se han creído con derecho de tocar mis manos, mis piernas y mi rostro en la calle, en los que me han susurrado cosas al oído o las han gritado a vox populi... Todos esos momentos y personas se conjugaron en este nuevo ser que finalmente consumó lo que muchos otros no habían podido hacer.
Terminan los 10 minutos, logro por un segundo ver sus ojos, eran simples cuencas vacías , no había vida, no había brillo, no había alma, eran un reflejo de los míos.
Permanecí ahí, sin saber qué hacer ni querer hacer nada y sigo ahí, pasan los días, salen palabras de mi boca, entra y sale aire por mi nariz, mis piernas se mueven una primero y otra después, mis ojos se cierran y se abren al cabo de varias horas, mis dientes mastican, mi corazón galopa con naturalidad pero yo... yo nunca me fui de aquel lugar y nunca supe qué hacer.






