jueves, 30 de julio de 2020

Reto Escribirme. Día 8: Fuera del cuadro




3 años estudiando en el instituto, 5 en la universidad. Me esforcé por ser el mejor, ¡y lo fui! Me gané una beca para estudiar en EEUU, trabajé con grandes artistas. Soñaba con ser el mejor fotógrafo de la era.

- Ya despierta, Carlos, vas a llegar tarde al trabajo.

Detesto escuchar mi nombre, a veces pienso que alguien con un nombre tan simplón no podría ser realmente alguien. Realmente lo que detesto es mi vida. ¿En que momento llegué aquí? Un día estoy a un paso de ser expuesto en el MoMa y al otro estoy trabajando en el fotoestudio de un viejo mañoso, sacando fotos de pasaportes y a niños feos y odiosos, a quienes solo sus madres podrían ver con gracia. 

Un día más. Abro la santamaría, enciendo los equipos, la maquina de café de primero. Me siento, como todos los días, a ver a través del vidrio. Pasan personas apuradas de un lado a otro, a una mujer se le rompe el tacón y maldice, un hombre compra un cigarro detallado y un café, un niño uniformado, llorando, siendo casi arrastrado por su apresurada madre. Cada día lo mismo.

Entra una señora risueña, apurada, como todos los que vienen a un fotoestudio en estos días. Apuesto, necesita fotos carnet lo más rápido posible.

- ¿Está sacando fotos carnet?

La veo fijo y serio. No le respondo nada porque el señor Pascual ya me advirtió muchas veces que no podía tratar mal a los clientes pero mi mirada la juzga y le responde todo y más de lo que no puedo decirle con palabras. La señora risueña parece no molestarse.

- ¡Que boba! claro que saca fotos carnet, ¡que pregunta la mía! pero claro, pregunto porque no sé si ya empezó a trabajar hoy... Bueno, si ya está abierto es porque ya empezó a trabajar hoy ¿verdad, señor? Yo soy así, a veces pregunto cosas tontas.

Es de esas señoras a las que les encanta hablar. Aunque me molesta, admiro su energía y buen humor. Tal vez ella si ha realizado sus sueños y no está atrapada en un trabajo de mierda como yo.

- Tenemos combos de 6 y 8 fotos carnet -la interrumpo.
- Solo necesito unas 4.
- Entonces pague el de 6.
- Déjeme pensar, tal vez necesite más...
- Pague el de 8 entonces y luego ve.
- Sí... está bien, si a usted le parece...
- A mi no me parece nada, señora, yo solo tomo las fotos, no sé para que las va a usar usted.
- Déjeme pensar, es que no deja de hablarme y no me deja pensar cuantas necesito.

¡Yo no la dejo pensar!, ¡Yo no  dejo de hablarle! Las personas que hablan en exceso no toleran escuchar otra voz que no sea la suya. Aunque, ciertamente, escuchar mi voz pedante debe intimidar a cualquiera. Me alejo para "dejarla pensar".

- ¡Señor!, ¡venga!, ya sé.

Si me dice que vuelve más tarde juro que me suicido.

-Voy a elegir el paquete de 8 fotos. ¿Son instantáneas?
- No.
- Oh... ok....

Perfectamente podrían ser instantáneas, solo le dije que no para molestarla pero a esta señora parece no molestarle nada, o tal vez a mí me molesta todo, desde la más mínima banalidad y por eso creo que otras personas serán tan amargadas como yo.

- ¿Algún fondo especial?
- No entiendo.

Entiendo que no entienda, yo mismo no entiendo una pregunta tan estúpida. Si fuera una sesión de fotos que fuera a salir en la portada de una revista, tal vez buscaríamos un escenario realmente especial, posiblemente en exteriores, tendríamos maquillistas, directores de iluminación, de vestuario...

- Que si la necesita fondo blanco.
- Ah... da igual, creo. Puede dejar ese fondo azul. Aunque se ve un poco sucio.
- Eso no se nota en la foto, señora.

Fue la única cliente ese día. Susan Sontag decía que fotografiar es un acto de violación, es apropiarse de lo fotografiado. Ojala pudiera absorber algo de la energía de vida que transmite esta señora. Ahora vivirá eternamente gracias a mi lente. Quedo atrapada en este momento, la cámara le robó un poco de su alma, aunque sea en una simple foto carnet.





lunes, 27 de julio de 2020

Reto Escribirme. Día 7: En seis palabras.





Puedes gritar todo lo que quieras.

Reto Escribirme. Día 6: Pesadilla




No recuerdo a que edad empezó esta pesadilla recurrente, solo sé que me acompaña desde hace tanto que cuando pasa un mes sin que la sueñe, me parece extraño.

Recientemente le he prestado especial atención a mis sueños, al día del mes en que los sueño, a lo que ha pasado en mi vida esos días, como me he sentido, lo que he comido, la fase de la luna en la que estemos, etc. Y me he dado cuenta de que ésta pesadilla recurrente, se repite siempre al rededor del mismo momento del ciclo mensual y como ya sé de que va la pesadilla, a grandes rasgos, entonces he trabajado en no sentir tanto miedo y observar todo lo que existe en el sueño, objetos y personas.

En esencia, la pesadilla es que viene una ola gigante o muchísima agua hacia mi y no hay manera de que pueda escapar. A veces estoy sola, normalmente acompañada. A veces estoy en una playa, a veces en una playa rodeada por una montaña, a veces solo en una montaña y la cantidad de agua que viene a mi es de un río muy grande.

Normalmente, veo como se empieza a formar la ola gigante, antes corría tratando de huir, luego dejé de correr porque sabía que era imposible escapar, ahora dejo de correr porque ya sé que es una pesadilla, aunque a veces temo que no esté soñando y no lo sepa pero luego me despierto.
Algunas veces estoy dentro de alguna casa, con muchas otras personas, y la ola no es devastadora. Se levanta imponente hasta tocar el cielo pero basta con cerrar la puerta de la casa para que solo se inunde un poco, hasta las rodillas, pero nada más. La casa siempre resiste.

La primera vez de la casa, fue una casa apenas terminada de construir, con columnas y techo de cemento en crudo, sin puertas en las habitaciones y ningún mueble, con muchas personas, adultos y niños, angustiados, gritando y llorando, tratando de sobrevivir. La vez más reciente de la casa, era una mansión de cristal, había un hombre ciego y sereno y muchas otras personas, entre mujeres hombres, niños y ancianos, en su mayoría tranquilos.Solo yo y unos pocos nos preocupamos por ver la cantidad de agua que se avecinaba mientras estábamos en una casa de cristal. Recuerdo pensar que la potencia del agua rompería todas las paredes de la casa y eso era aún más peligroso que el agua en si misma. Pero llegó la ola. Más que solo agua, era lodo, agua turbia y marrón, fuerte, violenta, golpeando con fuerza los ventanales de cristal y cubriendo toda la casa, que era de techo bastante alto, pero no sufrió la mínima grieta, se mantuvo firme y las personas en su interior solo observaban y su tranquilidad me calmó.

Recientemente, estuve en el claro de un bosque hermoso, era un espacio rodeado por montaña. Lo reconocí de inmediato, ya había estado ahí hacía mucho tiempo en otro sueño y recordé que ese lugar donde ahora estaba parada, antes era un río muy profundo, recuerdo lanzarme desde piedras altas y nadar, así que me di cuenta de que de un momento a otro se llenaría de agua de nuevo, otra vez la pesadilla. Un hombre joven me dice que tengo que armar la carpa para protegerme. Él me ayudaba pero yo sentía mucha ansiedad y estaba convencida de que era imposible que una carpa nos salvara de lo que venía. Vi a lo lejos, venir veloz por un camino angosto, una cantidad de agua tan alta como las montañas, como cuando se rompe una presa. Sabía que no lo lograríamos, mi velocidad y fuerza es incomparable a la del agua. El hombre permanecía sereno y me dice que entre a la carpa. Adentro había una anciana de cabello totalmente gris y largo hasta la cintura, abrazando un niño, ambos muy serenos. Ya estaba muy cerca el agua y la carpa no estaba terminada, no le habíamos cocido el cierre para cerrarla. Le digo al hombre que entre y me dice que no, que cierre la carpa y la agarre fuerte donde no había cierre, hasta que todo pasara. él permaneció del lado de afuera haciendo lo mismo, sin angustia. Cierro los ojos, aprieto fuerte la tela de la carpa para que no se abra, resisto, pero no hay un movimiento tan brusco al cual resistir. Abro los ojos, no escucho nada, no siento nada. Aflojo la mano, abro la carpa, el hombre ya no estaba, la tierra estaba mojada pero ya no había río, ni ola ni ansiedad.


Reto Escribirme. Día 5: Sueño




"No tengas miedo, abre los ojos"

Estábamos sentados en la orilla de una playa. No había frío, no había calor, la arena era cómoda y estábamos juntos, hablando de alguna cosa que no recuerdo pero que se que no era nada importante. Me empieza a invadir cierta ansiedad, siento que alguien nos observa pero no logro voltear a ver quien es, cierro los ojos y los aprieto con fuerza. Siento su brazo rodeándome, "no tengas miedo, abre los ojos" me dice. Los abro y estábamos en una burbuja de colores, en la que el aire se sentía muy fresco y limpio y toda el agua del mar nos rodeaba. Podía ver peces de colores nadando por encima y al rededor de nosotros. El seguía abrazándome... No recuerdo más.

No es el sueño más reciente pero sí uno de los más hermosos que he tenido. Fue la primera y única vez que soñé con él. No sé quién era, no nos hemos encontrado más en sueños y no nos conocemos en la realidad pero recuerdo la paz que me trasmitió su abrazo y sus palabras.

Es la segunda vez que cuento ese sueño. Solo se lo había contado a una persona justo a la mañana siguiente de haberlo soñado, hace ya varios años. Aún a veces pienso en él y la burbuja, junto antes de dormir para ver si tengo la suerte de volvernos a encontrar.  Nada.



Reto Escribirme. Día 4: Obsesiones



Siempre he estado muy consciente de mis manías pero recientemente decidí que ya no quería ser una loca maniática, así que ahora soy una mujer que ama los rituales. Se podría decir que es lo mismo (y muchos me lo dicen, de hecho) pero soy yo quien tengo la responsabilidad y deber de ser amable conmigo misma y las palabras que uso para definirme. Lo que piensen los demás de mí, es su visión y su responsabilidad, no la mía. 

La vida entera se rige por rituales, sin embargo no podría asegurar que alguno de mis rituales es una obsesión. ¿Que pasaría si el papel higiénico en el baño está al revés? ¿O si no puedo terminar lo que empiezo? ¿Que pasaría si pierdo esas conversaciones y fotos que veo constantemente para sentirme mejor? Posiblemente nada, pero es parte de quién soy, así que lo que haré será enumerar algunos de mis rituales y juzguen ustedes si son obsesiones, manías o si en algún momento serían tan valientes como para convivir conmigo.

1. Las sabanas, a menos que sean unicolores, deben estar derechas. Es decir, si son de flores, por ejemplo, es inconcebible que esté puesta de modo que las flores estén de cabeza. Si pasa eso, la cambio o me acuesto en sentido contrario para que los dibujos estén derechos.
2. Los platos sucios no pueden ponerse unos encima de otros, jamás, inaceptable.
3. No puedo usar el mismo cuchillo para untar y comer.
4. Los libros deben estar ordenados por tamaño y los utensilios de cocina se lavan del más grande al más pequeño.
5. Una vez empiezo a escribir, dibujar, escuchar una canción o melodia, etc, necesito terminar. Imposible dejar algo inconcluso.
6. No me gusta borrar conversaciones de ningún chat porque me encanta releerlas una y mil veces. Si tengo que borrar algo, a veces hago capturas de pantalla y las guardo en mi drive.
7. Me encanta pensar. Pensar en todas las variantes que existen para alguna situación (si ya pasó, no lo pienso más). Cuestionarme por qué me gusta lo que me gusta, como reaccionaría o que diría en determinada circunstancia, etc.
8. Adoro hablar sola y me molesta muchísimo que me interrumpan.
9. Prefiero escribir de madrugada, cuando todos duermen, porque detesto que mientras escribo me hablen o me miren.
10. No logro echar sal con cucharilla, necesito tocarla. Solo con mis dedos sé cuál es la cantidad necesaria y siempre echo algún sobrante sobre mi hombro izquierdo.

La lista es muchísimo más larga pero la dejaré hasta aquí esperando que algún lector coincida en al menos uno de mis rituales y me comparta alguno de los suyos.

domingo, 26 de julio de 2020

Reto Escribirme. Día 3: 10 cosas.



Todo lo que está a mi alrededor lo conozco a la perfección. Veo lo que tiene polvo desde hace tiempo y lo que limpié esta mañana. Todo lo que está donde está, es porque yo lo he puesto ahí. 

Pero no, yo no puse ese triciclo  ahí. Ese triciclo me delata que mi niño estuvo jugando con él hace apenas unas horas. Me hace recordar cuando se lo compré. Hace 2 o 3 años, a esta misma hora, en esta misma sala, estábamos armando el triciclo para que al día siguiente, cuando se despertara, lo encontrara listo. No recuerdo ya si fue para una navidad, un cumpleaños, día del niño o simplemente porque sí, pero recuerdo perfectamente su expresión cuando lo vio. Mi corazón latía rápido, mi mamá reía y estoy segura de que su corazón también latía rápido porque así late cuando amas y te emocionas por ver feliz a quien amas.

Es curioso como nuestra vida se compone de cosas. De recuerdos y momentos dirían algunos, sí,  pero recuerdos que vienen dados por objetos. Los objetos sí importan, lo material forma parte importante de nuestras vidas, nos hace ser quienes somos. Ese triciclo y esa campana que está al lado, me recuerdan la risa de mi mamá y a un Santiago más pequeño que quedó atrapado en el tiempo en el que aún no llegaba a los pedales y agarraba la campana de su abuela para tocarla a cualquier hora y jugar que era la bocina del triciclo.

No sé qué hace esa campana ahí. Yo la puse ahí, claro, y la puse ahí porque no encontré otro lugar donde ponerla y me pareció que ahí se veía bien, pero ¿realmente qué hace ahí? ¿Cómo llegó a esta casa? ¿Qué historia tiene?, no tengo idea porque no es mía, nunca será mía, es de mi mamá. La recuerdo tocándola para armonizar su consultorio de terapias, solo eso.

Me parece una idea fabulosa la de los egipcios antiguos de enterrar a los muertos con todas sus pertenencias, que se vayan con sus cosas y sus recuerdos y así los que nos quedamos, no sentirnos como impostores que usan lo que no les pertenece. Pero no es del todo buena idea porque al lado de la campana está el modem de internet y el router de wifi, lo cual también lo compró mi mamá. Fue buena idea entonces, velarla solo con su ropa favorita y no con todos sus objetos porque nos hubiéramos quedado sin internet, al menos un tiempo.

El modem y el router son los que están llenos de polvo, la verdad es que me da miedo limpiarlos y moverlos mucho no vaya a ser que el internet decida irse y no volver nunca más, así que pienso que un poco de polvo no hará daño y si lo hace, tenemos conexión para averiguar qué hacer (que no sea limpiar).

En la misma mesa donde están los modem y la campana, hay un par de objetos más, y los voy contando para ver cuánto me falta para los 10 y apenas me doy cuenta de que la mesita misma, es un objeto. Hago memoria para recordar la historia de esa mesita.
Tiene bastantes años con nosotros e incluso ha hecho varios viajes. Me imagino que en algún momento mis padres decidieron que les gustaba lo “rustico” (palabra de ellos), por supuesto, fue en una época en la que mi palabra para esas decisiones no importaba para nada (realmente aun no importa porque sigo siendo hija, tenga la edad que tenga). Esa mesa, si mal no recuerdo, vino acompañada de un juego de muebles desde el pueblo de Magdaleno y vivió un tiempo con nosotros en La pastora, luego, por algún motivo, estuvo en la casa que mi abuela tenía en Cagua, luego, cuando nos mudamos, se vino para acá con nosotros y actualmente, los muebles que la acompañaban, están en Maturín en casa de una tía. Ahora me dan ganas de escribirle exclusivamente a la mesita, de tratar de revivirla para que me cuente todo lo que ha visto y escuchado, para que me hable de mi propia vida y de las cosas que ya he olvidado, después de todo, la madera tiene buena memoria.

La mesita desde hace un tiempo es moderna porque lleva el modem y el router, desde hace unos meses también lleva la campana y un trozo de mármol que tiene grabada la imagen de la virgen de Coromoto. Ambas, la mesita y el mármol, pueden distraerse hablando porque son casi de la misma época. De hecho, el mármol es aún más viejo porque viene de la época en la que mi tía aún estaba viva (hablo de ella en el reto anterior). Esa virgen fue regalo de uno de mis tíos. Recuerdo que le regalo uno a mi abuela, muy devota de la virgen de Coromoto, a mi tía porque también era devota y su segundo nombre era Coromoto y a mi mamá porque su segundo nombre también era Coromoto. Lo bueno es que si la mesa no me habla, la virgen si lo hará porque tiene boca, aunque no sé si el mármol tenga tan buena memoria.

Como guardaespaldas de la virgen, hay un señor de madera, quien sabe, tal vez sea la representación de alguien famoso que no conozco, o tal vez un simple campesino. Lo bueno es que aún le puedo preguntar a su dueño, que es mi papá, porque a diferencia de las demás cosas, no tengo idea de donde viene esa estatuilla ni desde hace cuánto tiempo está con nosotros.

Sobre la mesita está el televisor, no podría decir que es una de las 10 cosas que tengo al frente y no había notado pero sigue siendo una cosa. Ese televisor pasa muchas horas prendido, no porque lo vea mucho sino porque he descubierto que le temo al silencio. Si no es el televisor, es algún equipo de música. Mientras leo, escribo, cocino o (casi) cualquier otra cosa, necesito el ruido de fondo, ya se ha convertido en una especie de ruido blanco para, muchas veces, evitar enfrentarme a mis propios pensamientos.

Al lado del televisor, el teléfono. Desde que tengo uso de razón y hasta hace meses, el teléfono de la casa no paraba nunca de sonar. Ese teléfono inerte también murió, el teléfono de la casa es otro de los objetos que perfectamente hubieran podido enterrar con mi mamá, en lugar de eso, está lleno de polvo y silencio.

Los objetos 9 y 10 los podría resumir en: desorden. Al lado del teléfono está el celular de mi mamá, un par de cornetas, una vela recuerdo de un bautizo, un libro, dibujos… Vida cotidiana.

Reto Escribirme. Día 2: Autobiografía




Por suerte no debo escribir mi autobiografía completa, solo algún fragmento e incluso se me permite (se me pide) mentir en alguna cosa que yo decida.

Por suerte también, he entendido desde hace un tiempo que una autobiografía no se trata de decir quién eres sino de decir lo que has hecho, lo que te ha pasado, lo que has vivido y que los lectores se encarguen de juzgar que te conocen y decir quién eres.

Pues bien, contaré entonces que tengo un hermano 15 años mayor que yo, a quien amo profundamente pero con quien, por razones obvias, no compartí mi niñez. Mi familia materna es bastante extensa pero todos viven en otros estados. Mi familia paterna es bastante pequeña, solo uno de mis 5 tíos paternos tuvo hijos pero justamente es el único tío que nunca fue tan cercano, por lo tanto, yo era la única niña en casa (y lo fui hasta que tenía 18 años y nació mi primer sobrino).

Muchas personas siempre hablan de lo felices que son los niños, sin responsabilidades, sin preocupaciones pero estoy convencida que quienes dicen eso lo hacen simplemente porque han olvidado su niñez. ¡Claro que un niño tiene (o siente que las tiene) responsabilidades y preocupaciones!

Desde que tuve 2 meses de nacida mi mamá debió volver a su trabajo así que mi cuidado quedó a cargo de mi abuela paterna y una de mis tías, principalmente. Debo acotar que como la mayoría de mis tíos eran solteros, vivían todos aún con mis abuelos en la misma casa grande y con mi hermano, quien vivió con ellos desde los 9 años cuando su mamá murió. Así que crecí en esta casa, rodeada de tanto amor y atenciones que perfectamente podría ser motivo de envidia para cualquier otro niño.

A mis 6 años, mi tía, mi cuidadora principal, enfermó. Fueron 2 años en los que en diversas ocasiones pasaba tardes jugando en el estacionamiento de hospitales. Fueron 2 años en los que ya no me buscó al colegio, dos años en los que, a pesar de tener tan buena memoria, decidí bloquear a mi abuela porque su dolor era tan grande y abrumador que no sabía cómo manejarlo, así que no tengo ni un solo recuerdo de ella durante esta etapa.

Recuerdo que la llene de tanto amor, esperando que con ese amor se sanara, que no me importaba abrazarla y besarla, aun cuando la bolsa de la colostomía se desbordaba, o se le salía la sonda. La veía realmente hermosa sin cabello y se lo hacía saber. La llenaba de besos, aun cuando sabía que su boca torcida e inmóvil no me podía corresponder. Cuando sus ojos se llenaban de lágrimas, yo era fuerte para ella, yo sonreía y le decía que no llorara.

¡Y la amaba! ¡Dios, cuanto la amaba!

Y tengo que hacer una pausa de algunas horas para llorar su recuerdo, porque aunque han pasado muchos años, sigue intacto y nuestro amor fue y es tan grande que solo puedo sentir que cada día crece más y se lo expreso amando la vida que ella también amó tanto.

No supe cómo ni cuándo murió, fue ella quien me lo dijo en un encuentro hermoso que tuvimos una noche mientras dormía (aún estoy 100% convencida de que no fue un sueño). Esa mañana desperté feliz, cantando canciones que ella me había enseñado, sintiendo que todo estaba muy bien. Un relámpago me golpea la mente y voy a preguntarle a mi papá como estaba mi tía… Corrí a mi cuarto, mi mamá corrió detrás de mí, me abrazó y la odié. Mi papá permaneció llorando en silencio en la sala.

Esa tarde, permití que mi mamá me vistiera, aunque desde hacía tiempo no dejaba que lo hiciera. Ya era muy capaz de tomar ese tipo de decisiones y defender mi autonomía, al menos en la ropa que quería. Mi mamá me puso un suéter amarillo que odiaba, no solo por lo feo que era sino porque el tipo de tela daba calor y picaba. No me importó, no me dio calor, no me picó, no lo odié ese día. No recuerdo qué pensaba (o no lo quiero recordar) pero sé que cuando llegamos a la casa de mis abuelos y tíos, a mi otra casa, y abrió la puerta otra tía y me vio y su voz se ahogo en llanto mientras me decía “ay, Odrita…” en ese momento reaccioné y pensé “debo ser fuerte para ellos”.

Después de todo, era la única niña en la casa, en mí recaía la responsabilidad de darles alegría porque los niños son eso “la alegría de la casa”. No podía permitirme llorar, debía ser pilar para ellos, para una madre y un padre que acababan de perder a su hija, para unos hermanos que acababan de perder a su hermana, para un sobrino que perdió a quién se encargó también de su crianza, luego de que su madre muriera. Mi papá ya no era superhéroe, porque los superhéroes no lloran, ahora era yo quién debía ser la superheroína de todos.

Y así fue, y así ha sido, y ha sido arduo y agotador, y es una de las principales razones por las que me cuesta tanto expresar mis emociones, por las que si me siento triste o emotiva, lo que hago es contar chistes, ser sarcástica, desviar el tema… Y sí, lo estoy trabajando con mi psicóloga. Y me enteré recientemente que esa decisión, una de las más grandes de mi vida y a tan corta edad, fue una decisión tomada desde el amor pero es momento de soltarla…